La alondra se despedía al atardecer,
mecida en tu abrazo en cabo Espartel,
temblando mi alma ante tanto poder,
rendida al hechizo te amé una vez.
Aún cantaba el ruiseñor en la despedida,
tan gélido fue aquel amanecer…
perdida entre la muchedumbre pasé dos días,
hasta volverte a ver.
Unos minutos bastaron en tu mirada,
llevándome al Estrecho la espina clavada,
jurando a la vida no volver a caer,
esparciendo en el mar lo que no quise ver.
Seguiré teniendo miedo inmenso al querer,
cubiertos y atados los mil pedazos,
en la vida no es cuestión de vencer,
ni colgarse medallas de inerte placer,
y su tú te quedaste vacío,
dime, ¿por qué me dejaste perder?

