Sentada en el tejado de los sueños esperé,
al arcángel que nunca quiso rescatarme,
mientras el frío paralizaba mi alma,
y el sol secaba todas las lágrimas,
pasaban los años en compañía de la nada.
Por un puñado de besos y caricias vendí mi ego,
quemando la dignidad por un soplo de felicidad,
cedí mi amor a aquel que habita en el fuego,
para fenecer estampada contra el suelo,
portando dentro los huesos rotos perdí la capacidad,
de discernir entre el amor y la enfermedad.
Me arrastro como el gusano con el fin de tejer
allá donde la metamorfosis me haga olvidar,
esperando el momento del deseado nacimiento,
donde surgirá la mariposa dispuesta a volar,
aquella que antaño fui y no supiste cuidar.
Un ermitaño cruzaba su mirada en mi destino
sembrándolo de paz, tendiendo sin saber su mano
cuando mi mente se volvía a tambalear,
mostrándome el valor de lo que nunca quise olvidar,
aquello que tú ignoras que existe,
algo imprescindible a la hora de amar.
Si buscas donde usualmente te mueves,
entre los que reptan, no me encontrarás,
las alas que nacieron ya no podrás quebrar,
volaré alto allá donde tú jamás podrás mirar,
y las cenizas de mi amor en el viento se perderán.

