Los rascacielos cubrían el cielo
remozados de partículas de polvo
flotando en el aire como los sueños
huyendo del infierno a mi universo,
los tímpanos sordos y el inconsciente despierto,
engullendo las acústicas martirizantes
que al final de la noche en el silencio
martilleaban incesantes bajo cubierto.
El “almuhacín” me despertaba al poco tiempo,
apenas los párpados descansaban, y las pupilas,
se dilataban en la penumbra de la habitación
donde me iba desnutriendo acercándome a los huesos,
resistiendo al alba mis pies en el frío suelo,
para beber mango espeso antes de vestir mi cuerpo.
La calle Taharir cada día más larga
me absorbía entre su gente,
para cruzarla lo echaba a suerte,
y una vez salvada la vida,
la ilusión se convertía en muerte.

